Los nuevos inquilinos de mi perchero.
Metidos de lleno en el verano más extraño que alguien podría imaginar, nos rodean mascarillas quirúrgicas, FFP2, de diseño o minimalistas, geles hidroalcohólicos, pantallas de metacrilato... objetos, ahora cotidianos, que se han introducido de pleno derecho en nuestras vidas y tardarán en irse, si es que llegan a hacerlo alguna vez.
Y la vida sigue, como si nada hubiera pasado.
Y los rebrotes crecen, como la necesidad del contacto humano.
Y las playas se llenan, sin aforo y sin cita de antemano.
Y las peluqueras peinan, metiendo sus dedos entre el pelo mojado.
Los gatos duermen ajenos a todo lo que está cambiando; los perros ya no sirven de excusa para pasear, los niños pueden jugar fuera, las abuelas abrazan a sus nietas y las llenan de besos, las rebajas han vuelto a las tiendas y los cumpleaños ya no esperan para llenarse de globos y risas, tartas y velas que piden deseos.
Ahora los percheros no cuelgan
pañuelos, bolsos o sombreros.
Ahora los percheros cuelgan
un trocito de «nueva normalidad».


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