DESCANSAR EN PAZ
Despertó y no supo quién era. Despertó… más que nunca, como si llevase toda la vida dormida. O en coma. O perdida.
Le dolía todo, principalmente los ojos y la espalda. «Me hago mayor y sigo sin saber quién soy», se dijo. Asustada, se levantó, acompañada de un quejido; se lavó la cara y se miró en el espejo, extrañada de lo que veía.
Nunca se había mirado con tanto detenimiento. Se percató entonces de ese montón de canas que no sabía de dónde habían salido, esas incipientes arrugas o, como las llamaban ahora, líneas de expresión; ese acné que jamás se iría, haciendo una mezcla un tanto singular. Se fijó en cómo le había cambiado la cara, las facciones, pero sobre todo la expresión.
—¿Quién eres?— acercó su mano derecha al espejo, los dedos rozaban ya la lisa superficie. La figura, al otro lado, sonrió, pero ella permanecía seria.
Sintió que no pertenecía a ningún lugar y que nunca sería capaz de sentirse en paz. Todos a su lado eran infelices… era una carga. Divagaba.
El reflejo del espejo le ofreció su mano, que ella tomó, temerosa. Y se fue.
Ni siquiera le dolió el cristal en el cuello. Sonrió tristemente mientras se desvanecía. A través de la sangre a borbotones, se le escapaba la vida. En el periódico, sólo contaron que alguien se había colado en su casa, probablemente para robar, y tuvo la mala suerte de encontrarse dentro, sola.
Mala suerte.
Pero ella ya descansaba.
En paz.
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