EL PRECIO DE LOS SUEÑOS
Escribía sin mirar atrás, creyendo saber lo que hacía.
Era esclavo de una persecución implacable, de un ritual casi sexual, por los bosques de su imaginación.
A un ritmo frenético, fugitivo del tiempo que él mismo se imponía, dejaba atrás kilómetros y kilómetros de árboles de ideas y sugerencias que iban desapareciendo por una densa y asfixiante niebla que iba arrasando con todo cuanto se le ponía por delante.
Pero no importaba. Lo único por lo que de veras debía preocuparse era por seguir el sendero que lo llevaría al Éxito, a que su nombre algún día fuese un referente en la lucha por hacer de los sueños una realidad palpable. Y no le importaba lo que tuviese que correr, porque disfrutaba de aquella carrera, igual que algunos amantes disfrutan del peligro de ser descubiertos.
Aquella era una adicción más peligrosa que amar.
Él entregaba su tiempo sin comprometer su alma y ella le entregaba algo parecido a la euforia.
Su sendero no llevaba al éxito, los árboles que quedaban atrás eran su mundo y para cuando quisiera restablecerlo ya sería demasiado tarde. La triste realidad lo sepultaría en el anonimato eterno.
Cuando encontrasen su cadáver nadie sabría nunca por qué corrió tanto.
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