TENÍA MIL VIDAS
La vida parecía transcurrir ajena a todos y no a todos parecía importarles.
A través de la pequeña ventana de su habitación observaba esas nubes, derrotadas, caminar sin rumbo hacia Dios sabía dónde. Y como ocurre con todo lo bueno de nuestra existencia, no lo hacían con premura, sino tomándose su tiempo. Poco a poco. Con paciencia y mesura, disfrutando la tristeza.
Desde su ventana pensó que el tiempo estaba tratando bien al tiempo. Pero no a él.
Encerrado en aquellas cuatro paredes, los recuerdos lo sorprendían a cada latido, a cada abrir y cerrar de ojos. Cuando eso ocurría se metía de lleno en la lectura de los libros que su compañero y él pudieron rescatar de la librería antes del confinamiento.
Lecturas a veces entretenidas y a veces exploradoras errantes de las cicatrices del interior. Pero no podía escapar. No a ese nombre, a esos ojos, a esa esencia que lo esperaban al final de cada frase o párrafo.
Hacía casi un año que sus huesos dieron con aquel lugar, extrañamente mágico, hogar de miles de vidas y pensó que aquel sería el sitio perfecto para empezar de nuevo. Una oportunidad dorada para ser otro.
Chéjov lo inició: tenía dos vidas…
Pero su corazón estaba aguantando el peso de mil vidas.
¿Cuál de todas ellas imploraba en secreto a la estrella que dedicó a ese amor todas las noches?
Creyó en el poder de las letras para escapar pero solo se estaba encontrando a sí mismo, reconstruyendo ese corazón que nunca dejó de sangrar. Ese corazón que dejaba el libro abierto por la misma página para que no se perdiera su nombre en océanos de tinta.
Y esas nubes, sin saberlo, andaban su triste marcha hacia ella.
Que esa noche no vería su estrella, pero dejaría su libro abierto para que él no desapareciese tampoco.
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