La calle Calcetas
El agua resbalaba por las paredes siempre mojadas de la vivienda. Vivían en una de las cuevas de la sombra; ella, sus hermanos, sus padres, la abuela y una cabrita de la que los niños bebían directamente la leche calentita.
Hacía mucho frío el día que se mudaron allí, pero al menos en esa calle no se despeñaría ninguno de sus hermanos como le pasó a su amiga en la calle «escarseta» cuando fue a tirar un cubo de agua sucia. Eran amigas desde siempre y ambas veían con tristeza cómo sus hermanos varones se escapaban del colegio por la ventana de atrás para irse «con mujeres», mientras ellas tenían que ir a servir en casas de los pocos que podían pagarse una criada.
Se sentaban por las noches en las escaleras de su calle a hablar del colegio y de fantasmas, los «sustos», como allí les decían a las ánimas que recorrían las calles con una sábana blanca y una vela en la cabeza para alumbrarse por el mundo de los vivos. Cuando sus madres los vislumbraban desde la bajada del río y presentían que iban a pasar por delante de sus puertas, recogían a los niños apresuradas para alejar la mala suerte que traían consigo. Así fue como crecieron, con el miedo a los muertos y a esa calle tenebrosa siempre envuelta en brumas; por eso, cuando su madre la mandó a tirar el agua sucia, lo quiso hacer tan deprisa porque anochecía, que resbaló detrás del cubo, con la inercia del mismo y no pudo sujetarse a nada.
Todos los vecinos concluyeron que había sido «el de la sábana blanca y sandalias de mujer» el causante de aquella desgracia. Fue entonces cuando el recuerdo de la amiga fallecida hizo que toda la familia decidiera meterse en una cueva sombría y pequeña, pero sin escaleras ni precipicios por los que sufrir constantemente.
Unos años más tarde descubrieron que «los sustos» no eran más que mujeres y hombres indecorosos que venían de visitar a sus amantes y se cubrían con una sábana, sabiendo el pavor que causaba entre la gente tanta creencia antigua; era su forma de no ser descubiertos, y vaya si funcionaba…
Desde las cuevas de la sombra miraban con envidia a los que vivían en las cuevas del sol, ellos al menos podían calentarse unas horas a mediodía. Los separaba un río pequeño y poco caudaloso, pero que a ellos se les hacía un océano y era el claro reflejo del anhelo y la necesidad de volar lejos de allí.
Pero también estaban los momentos de alegría contenida, como cuando la escogieron entre todas las niñas para ser la «Verónica» en el Viernes Santo, por ser la que tenía el pelo más largo, negro y ondulado y los pies más bonitos. Le hacía una ilusión tremenda, estaba eufórica, ¡por fin le salía algo bien!. En esos pensamientos andaba absorta, cuando no vio rodar la piedra enorme que unos niños habían lanzado para jugar «a ver a quién le daban antes»…
La piedra chocó en su frente y le pasó por encima sin dejar de rodar calle abajo, hasta el río. Una multitud salió de sus casas al escuchar los gritos de los niños y entre asombrados y descreídos se la llevaron al médico esperando un milagro, pero ya en su severo semblante adivinaron la crudeza de la realidad.
Dos días más tarde, por la única ventana de la cueva —donde habían puesto un colchón de lana para que la niña recibiera algo de luz—, pasaba el «Padre Jesús» en el momento exacto en el que la niña entreabrió los ojos y lo vio, y él se detuvo, y la miró, y ella más allá de sorprenderse o asustarse, le habló y le prometió que al año siguiente sería la Verónica, porque con un velo que le tapara la cara, ¿quién iba a darse cuenta de si estaba viva o muerta?
*A mi madre.
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