EXISTIR A OSCURAS

Era un observador nato. 

Sus prodigiosos dones de observación junto con el secreto arte de la deducción le convertían en un ser demasiado peligroso para la sociedad en la que se desenvolvía. La forma en la que el mundo combinaba los colores de su indumentaria, la forma en la que miraban, caminaban… Todo eran retazos de información que el Universo ponía exclusivamente a su disposición. 

A veces, comentaba sus deducciones en público, como el mago realiza sus trucos. Lo hacía serio, calmado, con la vista anclada en ese detalle que, como una flor, se abriría solo para él. Luego, venía la gran satisfacción, el momento en el que la gente, a medio camino entre la diversión y el asombro le pedía que lo explicase. Y él se jactaba, utilizando toda una serie de recursos literarios —que tampoco había aprendido, porque nació con ellos bajo el brazo— en explicar el hilo de sus razonamientos. 

Y siempre había dos bandos: los que le animaban entre risas y los que le aconsejaban lo que no quería escuchar. 

Pero la vida en sociedad no duraba eternamente y al final del día tenía que lidiar con su gran fobia, la oscuridad y todo lo que comportaba: el silencio, los monstruos, la ceguera… La suave sensación de que algo aterciopelado le acariciaba la espalda, le abrazaba y le susurraba al oído lo mucho que lo deseaba. 

Su observación, su razonamiento, su conocimiento en tantas áreas del Conocimiento no encontraban el calmante, una explicación que le permitiera conciliar el sueño. Y así, día tras día. 

Hasta que desapareció. 

Nunca más se sabría de él. 

Siempre había dos bandos: los que le animaban entre risas que ya no recordarían ni su nombre y los que le aconsejaban lo que no quería escuchar, aquellos que conocían la clave para combatir la oscuridad de las almas insatisfechas. 

Y es que no hay peor ciego que el que no quiere ver. 

Por muy observador que sea.

Distintos matices de colores inundan la inmensidad de la oscuridad
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