Un viejo que leía novelas de amor

[...]

Despotricando contra el Gobierno, el dentista les limpiaba las encías de los últimos restos de dientes y enseguida les ordenaba hacer un buche con aguardiente. 

—Bueno, veamos. ¿Cómo te va ésta? 
—Me aprieta. No puedo cerrar la boca. 
—¡Joder! Qué tipos tan delicados. A ver, prué­bate otra. 
—Me viene suelta. Se me va a caer si estor­nudo. 
—Y para qué te resfrías, pendejo. Abre la boca. 

Y le obedecían. 

Luego de probarse diferentes dentaduras en­contraban la más cómoda y discutían el precio, mientras el dentista desinfectaba las restantes sumer­giéndolas en una marmita con cloro hervido. 

El sillón portátil del doctor Rubicundo Loachamín era toda una institución para los habitan­tes de las riberas de los ríos Zamora, Yacuambi y Nangaritza. 

En realidad, se trataba de un antiguo sillón de barbero con el pedestal y los bordes esmaltados de blanco. El sillón portátil precisaba de la for­taleza del patrón y de los tripulantes del Sucre para alzarlo, y se asentaba apernado sobre una ta­rima de un metro cuadrado que el dentista llamaba «la consulta». 

—En la consulta mando yo, carajo. Aquí se hace lo que yo digo. Cuando baje pueden llamar­me sacamuelas, hurgahocicos, palpalenguas, o como se les antoje, y hasta es posible que les acepte un trago. 

Quienes esperaban turno mostraban caras de padecimiento extremo, y los que pasaban por las pinzas extractoras tampoco tenían mejor sem­blante. 

Los únicos personajes sonrientes en las cerca­nías de la consulta eran los jíbaros mirando acu­clillados. 

Los jíbaros. Indígenas rechazados por su pro­pio pueblo, el shuar, por considerarlos envileci­dos y degenerados con las costumbres de los «apa­ches», de los blancos. 

Los jíbaros, vestidos con harapos de blanco, aceptaban sin protestas el mote-nombre endilga­do por los conquistadores españoles. 

Había una enorme diferencia entre un shuar altivo y orgulloso, conocedor de las secretas re­giones amazónicas, y un jíbaro, como los que se reunían en el muelle de El Idilio esperando por un resto de alcohol. 

Los jíbaros sonreían mostrando sus dientes puntudos, afilados con piedras de río. 

—¿Y ustedes? ¿Qué diablos miran? Algún día van a caer en mis manos, macacos —los amenaza­ba el dentista. 

Al sentirse aludidos los jíbaros respondían di­chosos. 

—Jíbaro buenos dientes teniendo. Jíbaro mucha carne de mono comiendo. 

A veces, un paciente lanzaba un alarido que espantaba los pájaros, y alejaba las pinzas de un manotazo llevando la mano libre hasta la empu­ñadura del machete. 

—Compórtate como hombre, cojudo. Ya sé que duele y te he dicho de quién es la culpa. ¡Qué me vienes a mí con bravatas! Siéntate tranquilo y demuestra que tienes bien puestos los huevos. 

—Es que me está sacando el alma, doctor. Dé­jeme echar un trago primero. 

El dentista suspiró luego de atender al último sufriente. Envolvió las prótesis que no encontraron interesados en el tapete cardenalicio, y mientras desinfectaba los instrumentos vio pasar la canoa de un shuar. 

El indígena remaba parejo, de pie, en la popa de la delgada embarcación. Al llegar junto al Sucre dio un par de paletadas que lo pegaron al barco. 

Por la borda asomó la figura aburrida del pa­trón. El shuar le explicaba algo gesticulando con todo el cuerpo y escupiendo constantemente. 

El dentista terminó de secar los instrumentos y los acomodó en un estuche de cuero. Ensegui­da tomó el recipiente con los dientes sacados y los arrojó al agua. 

El patrón y el shuar pasaron por su lado rumbo a la alcaldía. 

—Tenemos que esperar, doctor. Traen a un grin­go muerto.

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-Luis Sepúlveda-

Portada libro «Un viejo que leía novelas de amor» de Luis Sepúlveda.
Imagen by loresumo.com



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