LA VIDA EN CUARENTENA

Ya no sé si son quince, veinte, veinticinco o cien los días aquí encerrado.

Abro mi ventana y escucho el trino, fulgurante y divertido, de las aves buscándose de alféizar en alféizar. El viento toca su melodía de suaves notas, entre las ramas de los árboles ahora exultantes, y llega limpia y nítida hasta mis oídos, gracias al silencio que impera en el asfalto. Una muchacha, acompañada de un joven y vigoroso can, pasa por la acera frente a mi casa. Pareciera que el animal la sacara a ella a pasear. Se respira auténtica paz.

Es un poco triste que la libertad solo tenga el tamaño de mi ventana. Aunque quizá, en realidad, tenga el tamaño de mi alma.

Miro las nubes que se dirigen hacia la imponente montaña. Detrás está el mar y, más allá, las olas, la lluvia, la brisa, el sol, la espuma y la vida. La vida que continúa pasando, incluso, sin nosotros.


Un muchacho mira, despreocupadamente, la ciudad desde su ventana
Imagen by desmotivaciones

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