M.PARK

Volvemos al proscenio y a las luces cenitales pertenecientes al parque de Maximilien. Bae se pasea nervioso con sus cosas. Ahora se dirige al público como si fuera en su idioma nativo.

BAE.— ¿Qué es un hogar? ¿Y que es algo que se aproxima a ser ‘hogar’? Quizás algo caliente en invierno y fresco en verano. Algo con paredes, techo y suelo. Puede que algo luminoso en medio de las tinieblas. Algo sombrío en mitad del neón. Algo que te resguarde de las miradas y los comentarios, o algo que precisamente deje pasar esas miradas y comentarios, algo con ventanas a los ríos y a las montañas. Un lugar donde poder dejar el sombrero, diría Marvin Gaye. Allí donde está uno es el hogar, supongo. Usted está aquí, dice un punto rojo, en un cartel a la entrada del Maximilien Park. Usted está aquí, y en ningún otro lugar. Pero, ¿dónde quedan los seres queridos? ¿Dónde están los que quieres? Si yo estoy aquí, en el Maximilien, y ellos a cinco mil kilómetros, mi hogar mide cinco mil kilómetros. O se ha desintegrado. En mi hogar muere gente. En el mar que nos separa, en el Mediterráneo. En mi hogar hay guerras. O puede que el planeta sea mi hogar, y aún no lo haya asimilado. ¿Será el mundo entero mi hogar? Seguramente, pero entonces, ¿por qué no puedo acceder a todas sus habitaciones? ¿Por qué me está vedada la convivencia con una parte de la casa? ¿Por qué no estoy seguro en él? ¿Por qué no soy libre en mi casa? En las casas europeas tampoco se sienten seguros. Ni en las americanas, con todas esas armas, blindajes y dispositivos tan sofisticados. Puede que el hogar, entonces, más que un lugar, se trate de un sentimiento. De una persona. De un tiempo en el que fuiste. De un tiempo en el que serás ‘hogar’. Hogar. Hogar para otras personas. Acogedor. Siempre acogedor. Es cambiante, mutable. Cambia de rostro, de nombre, de país, de sexo, de religión. La cara del hogar. Hogar de hielo y fuego. Hogar de luz y sombra. Hogar que nunca duerme, pero deja dormir en su lecho. En su cama tranquila. Protegido de lo que duele. De los remordimientos. Mientras ahí fuera, a la intemperie, siempre hay alguien esperando. Alguien mira. Ve su reflejo en la ventana. ¿Soy yo el del cristal? ¿Ya estoy dentro? ¿Ya tengo papeles, una identidad? Ese cristal me recuerda que dentro de mí hay un Bae que a veces duerme caliente, defiende el fuerte, y mira receloso al exterior; y otras soy el Bae que, ahí fuera, se empapa y acecha. Ése que acecha y dice: ¿Por qué no estoy yo dentro? ¿Nací marcado con alguna señal? ¿Bajo un mal signo? ¿No me consideras tu igual? Crees que llegaré a tu casa y la pondré patas arriba. Cambiaré todas tus costumbres, envenenaré tus aguas, echaré sal a tus tierras, dime… ¿Por qué no me dejas pasar del recibidor? Es precioso el recibidor, por cierto. Lleno de alambres, concertinas y con una bandera maravillosa. Las fotos de tus hijos, padres, abuelos y difuntos, los recuerdos de tus logros y los antepasados de tus fracasos. Y algún mueble viejo. Y un sonido. Y un olor. El tacto de alguien que te quiere conocer. ‘Pasa, siéntate, descálzate. Conversemos junto al fuego, ¿quieres una copa de jerez? ¿Un pastel?’. Entonces dices: ‘No, gracias; pero sí, también me gusta’. Solo quiero que me creas, que me mires como un igual. Como un semejante, ¿tanto te cuesta?

-Antonio Nieto Aguilar-

*Fragmento extraído de la obra teatral del mismo nombre, ganadora del premio de textos dramaturgos, Dulce por amargo 2018, en su 7º Edición.

Cientos de refugiados se instalan en el M.Park en busca de un hogar
Imagen by Frederic Pauwels


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