TODA UNA SEÑORA

María era toda una señora. Siempre ataviada con sus ropas elegantes, conocida por sus buenas maneras, por sus formas exquisitas. Su conversación no tenía precio: culta, inteligente, ingeniosa, sagaz. La sonrisa, siempre abierta, como sus brazos, como su regazo. De cabellos oscuros, con unas graciosas ondas que afilaban aún más sus atractivos pómulos. Sus mejillas sonrosadas y sus ojos brillantes y sinceros inspiraban cercanía. No escapaban tampoco a las miradas ajenas el contoneo de sus caderas al caminar, sus esbeltos brazos, su pecho turgente, su largo cuello. Hermosa como la Virgen María, provocadora como María Magdalena, hacía las delicias de hombres y mujeres.

Era conocida su gran labor por el pueblo. Infinitamente piadosa y alma incansable, acogía en su casa a todos aquellos que necesitasen una mano amiga. Mantenía largas conversaciones con quien precisara apoyo moral, daba de comer a los pobres y techo a quienes carecían de él. Por su casa pasaba todo tipo de personas, a las que ella recibía con alegría y amor. 

No se sabía adónde iban después todos ellos; simplemente, dejaban que hiciera su buena obra, ya que así mantenía impecable la imagen del pueblo. Nadie se preguntó por qué, cada domingo, María cocinaba para todos sus vecinos. Su casa olía maravillosamente y aquellas croquetas, o albóndigas, o estofados que repartía estaban sencillamente exquisitos. Masticaban con fruición, se chupaban los dedos, mojaban el pan en el plato; incluso, lo lamían. 

El día en que se descubrieron todos aquellos restos en la casa de María, y ella salió esposada con una sonrisa apacible en los labios, todos callaron. No por miedo, no por asco, no por ira… todos sabían cuánto iban a echar de menos la comida de los domingos.

Mujer se lame los dedos de manera sensual.
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