NO ERA UN SUEÑO

Las pisadas eran cada vez más fuertes y más profundas, en una superficie mojada tras las últimas lluvias. El ruido incesante le ensordecía y buscaba un cobijo donde poder dejar de escuchar. Agotado, vio a lo lejos algo parecido a una casita en mitad de la nada. Parecía estar habitada, pues había luz en el interior, y aunque no quería molestar ni, desde luego, la compañía de la gente, necesitaba huir de ese sonido estridente.

- Tal vez aquí pueda refugiarme.

Tras llamar a la puerta educadamente y esperar en vano a que le abriesen, comprobó que el interior se descubría solo para su asombro. Al entrar, las luces parecían no venir de ningún sitio, pero estaban allí, como luminiscencia perenne, sin foco direccional alguno. Justo enfrente, sin habitaciones a los lados, un pasillo largo, muy largo y angosto.

Las paredes pasaban de ser de un color terracota a un carmín de alizarina a medida que avanzaba. Sin ventanas ni puertas que diesen a otros habitáculos, ni cuadros u otros objetos que adornasen aquellos interminables muros, el desconcierto y la ofuscación aceleraban la impaciencia por saber dónde se encontraba.

De repente, al fondo, empezó a discernir, lo que parecía ser, una abertura. Un pequeño hueco blanco que se hacía cada vez más grande a medida que se acercaba. Al acceder por él, se percató de que aquel orificio se cerraba solo, quedando en un vacío níveo, donde no se distinguían suelo, paredes ni techo.

- ¿Qué es esto?, ¿dónde me he metido?

Un zumbido mucho más agudo que antes, comenzó a retumbar en su cabeza. Con la sensación de que le iba a estallar, se agachó y se abrazó a sí mismo, meciéndose hacia delante y hacia atrás, como instinto innato que aparece para reconfortarnos ante algo doloroso o insoportable.

Su camisa, primeramente naranja, se transformó en blanca con mangas alargadas, que traspasaban sus manos y, que al intentar soltarse de su propios brazos, no pudo. Sus chillidos se mezclaban con aquella barahúnda, cuando de pronto, aparecieron dos hombres que le agarraban por la cintura y por los pies e intentaban calmarle poniéndole una pequeña inyección.

Sus últimas palabras antes de dormir fueron:

- No era un sueño. No estoy loco.

Habitación acolchada de aislamiento en un psiquiátrico.
Imagen by NuevaPsiquiatría

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