LA SOLEDAD DE LA ESTANTERÍA

La soledad estaba perfectamente instaurada en ella. Tanto, que ni la monotonía era dañina a estas alturas. Tan amiga era esa soledad, que buscó otras soledades para acentuarse aún más si cabe. Y las encontró. Algunas, oscuras y vacías; innumerables, desbordadas de momentos y personajes; otras, rencorosas; y muchas, nostálgicas y melancólicas. Cientos de ellas tenían nombre propio, aunque para su soledad, todos eran el mismo. Bastantes de esas soledades acababan, pero la suya se resistía. Quería quedarse.

Pero ya no era posible. Tanta soledad sentía, tanta soledad buscó, que terminó encontrando la compañía de todas las soledades de aquellos que la habían plasmado entre páginas. Y se percató de que su biblioteca se había llenado de libros, de aventuras, de vidas solitarias que acababan siendo la más dulce de las compañías.

Entonces, su soledad ocupó el espacio en la estantería que le correspondía, donde ya no estaba sola, donde se había convertido en sueño, en parte de un todo mayor. De un todo mejor.

Una mujer aparece sentada observando una enorme estantería repleta de libros que se agolpan hasta en el suelo
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