DÍA DE LAS ESCRITORAS

Cada año, esta celebración se lleva a cabo el lunes más cercano a la festividad de Teresa de Jesús (además de fundadora de la orden de las Carmelitas, escritora mística), el 15 de octubre. Es su cuarto año de celebración, iniciándose en España con la idea de “difundir y recuperar el legado de las mujeres escritoras, hacer visible el trabajo de las mujeres en la literatura, destacando el valor de sus obras; y combatir la discriminación que han sufrido a lo largo de la historia”.

Para percatarse de que las escritoras hemos sido relegadas y/o ignoradas a lo largo de la historia de la literatura, solo hay que dar un repaso a los Premios Nobel de dicha categoría (en 118 años, desde 1901, únicamente han sido entregados a trece mujeres, y No precisamente por falta de escritoras o por la baja calidad de los textos).

Parece que esta visión va cambiando poco a poco, pero tiene que hacerse mucho más, y este día es un buen instrumento para la visibilidad de todas las escritoras del mundo.

MAR, un cuento de Ana María Matute (1925)
 
     Pobre niño. Tenía las orejas muy grandes, y, cuando se ponía de espaldas a la ventana, se volvían encarnadas. Pobre niño, estaba doblado, amarillo. Vino el hombre que curaba, detrás de sus gafas. “El mar -dijo-; el mar, el mar”. Todo el mundo empezó a hacer maletas y a hablar del mar. Tenían una prisa muy grande. El niño se figuró que el mar era como estar dentro de una caracola grandísima, llena de rumores, cánticos, voces que gritaban muy lejos, con un largo eco. Creía que el mar era alto y verde.

Pero cuando llegó al mar se quedó parado. Su piel, ¡qué extraña era allí! “Madre -dijo, porque sentía vergüenza-, quiero ver hasta dónde me llega el mar”.

Él, que creyó el mar alto y verde, lo veía blanco, como el borde de la cerveza, cosquilleándole, frío, la punta de los pies.

“¡Voy a ver hasta dónde me llega el mar!”. Y anduvo, anduvo, anduvo. El mar, ¡qué cosa rara!, crecía, se volvía azul, violeta. Le llegó a las rodillas. Luego, a la cintura, al pecho, a los labios, a los ojos. Entonces, le entró en las orejas el eco largo, las voces que llaman lejos. Y en los ojos, todo el color. ¡Ah, sí, por fin, el mar era de verdad! Era una grande, inmensa caracola. El mar, verdaderamente, era alto y verde.

Pero los de la orilla no entendían nada de nada. Encima, se ponían a llorar a gritos, y decían: “¡Qué desgracia! ¡Señor, qué gran desgracia!”


*Fuentes: InStyle, Cegal.

Mujer escribiendo en una máquina de escribir
Imagen by cegal.es

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