LA NIEVE Y EL TERROR
(Es de suponer que mi afición a andar con la gente del trapo y la quinquilla me había creado - en aquellos barrios adyacentes al mío - cierta fama de excéntrico o de loco, cuando mi conducta no era más que la expresión de mi malsana curiosidad por tocar los bajos fondos del ser; las cloacas de la existencia; los pudrideros atroces de la vida; de mi atracción por lo abismal y oscuro. Esto y mi tendencia o propensión a dejarme caer en los abismos como alucinante modo de explorarlos, son datos que no quiero ocultar a quienes se interesen, ya sea con repugnancia, ya con piedad, por mi caso.)
Nevaba intensamente afuera. La Paca trajinaba en su té, atendiendo las solicitaciones de su parroquia; la copa de suave, la coñac - he observado que el coñac se nombra como femenino por muchas gentes del estaño y la busca - o el trago de cazalla. Yo me jugaba a los chinos unas terceras copas con el Gangrena y otros dos amiguetes de lo mismo. Román el Falso y un jorobado alcoyano de sobrenombre el Chanchaichepa, cuando se abrió la puerta del tabernón y entró, hecha un mar de lágrimas, desdentada y greñuda, su negrísima peluca encanecida por la nieve, la Amalia.
- Por el amor de Dios - se dirigió a la hostelera, que la miró torvamente -, llamen a un médico, que mi hombre fallece en la chabola. Sean amigos, por más que nosotros seamos de otra religión; y nos ayuden en este trance. Dios, que es el mismo para todos, se lo pagará, si me echan una mano.
La Paca, llevada quizás de su fervor católico, se mantuvo hosca, protegiendo el teléfono, y no valieron las amonestaciones de que fue objeto por parte de mis amigos para disuadirla de su dogmática posición.
- Gangrena, Paca, ten consideración si se trata, como parece, de un caso gravísimo.
- Figúrate - incidió, docto y persuasivo, Chanchaichepa - que se trata de un artículo mortis. En momentos así se van a hacer puñetas las diferencias ideológicas. Venga, Paca; no seas bruta, mujer.
Lloraba la mujer de Zarco sin que la Paca se conmoviera ni mucho ni poco; así que decidí resolver la situación, tomando yo la iniciatica.
- Usted, Chanchaichepa - dije autoritario -, suba con Román, si es que la nieve que cae se lo permite, hasta los <<Gatos>>, dado que el amigo José es más liberal - añadí intencionadamente - que aquí, la señora; y llamen a un médico, aunque sea de pago, pues corre de mi cuenta. Y usted, señora Amalia, lléveme a su casa, que yo tengo dos cursos de medicina y a lo mejor puedo apañar algo mientras llega el socorro.
[...]
Así, pues, he aquí los hechos..
1.º Me personé en la vivienda del señor Zarco el referido día (4 de noviembre de 1962). Serían las once menos veinte de la mañana.
2.º El domicilio del señor Zarco era una de esas viviendas infrahumanas, comúnmente conocidas con el nombre de chabolas. Ahorro su descripción, por ser de sobra conocidas tales barracas suburbiales.
3.º El señor Zarco estaba caído al lado de la cama, en un charco de sangre que empapaba una sucia sábana, la cual medio cubría su horrible desnudez.
4.º Se observaba una herida en su cuello por la que manaba la sangre, como efecto de una al parecer incontenible hemorragia.
5.º En la habitación de al lado había un niño. Se trataba de un inválido, hidrocéfalo y con estigmas semejantes a los que presentan algunos casos de criaturas víctimas de la talidomida. Era, como me figuré al verlo, el hijo del señor Zarco y de la señora Amalia.
6.º El niño no estaba depositado en cuna alguna, sino en el interior de un cajón de huevos pintado de negro y barnizado.
7.º La cara del niño presentaba manchas de sangre en torno a la boca; sangre que, como se demostró luego, no procedía de herida alguna de la criatura.
8.º En un rincón, entre unos trapos, vi la dentadura postiza de Amalia. Los dientes, especialmente los largos incisivos, presentaban, asimismo, manchas de sangre.
9.º El señor Zarco fue atendido en el Equipo Quirúrgico de la calle Montesa, donde le fueron hechas varias transfusiones. Estuvo entre la vida y la muerte - más muerto que vivo - durante ocho días, al cabo de los cuales reaccionó favorablemente.
10.º Según consta de las declaraciones de ambos, en un momento de desesperación, la Amalia había intentado ahogar a la criatura para que no fuera infeliz en este mundo. Zarco lo había impedido, pero no sin que se produjera una violenta lucha, en el curso de la cual Amalia había mordido con muy mala fortuna el cuello de su esposo.
-Alfonso Sastre-
Fragmento extraído de la historia Las noches del Espíritu Santo, dentro de la compilación del autor titulada Noches Lúgubres. El presente texto pertenece a la edición de 1984, a cargo de Ediciones Forum.
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| Imagen by LufebU |



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