MAREA
Cantaba susurros de perdón a una luna que ya no brillaba. Su cuerpo era libre, pero la cadena pesaba. Las manos hundidas, el pecho flotaba, y en sus labios, sin poder distinguir si esa sal era por mar o lágrima. Así, agravada la tristeza, dejó confundir la profundidad del oscuro horizonte con la oleada.
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