La mujer más pequeña del mundo


Había una vez, hace algunos años, una niña que no quería ser mujer. 
Desde muy pequeña se dio cuenta de que el mundo lo gobernaban los hombres a su antojo y que usaban a las mujeres sólo para que tuvieran a su prole, limpiaran la casa, hicieran la comida, salieran a comprar y cuidaran de ellos. Pero no contentos con eso, las mujeres también tenían que trabajar para que ellos pudieran tener una vida mejor: una casa más grande, un coche más bueno, comida en la mesa cada día, vacaciones en la playa... 
Sí, por supuesto, las mujeres también usaban todas estas cosas, pero desde luego no podían disfrutarlas igual porque todo el peso para que esto fuera así de perfecto para ellos recaía sobre los hombros de ellas. La vida de las mujeres se resumía en: ir de casa al trabajo, del trabajo a la compra, de la compra a la casa; en la casa: la comida, la limpieza, el cuidado de niños y mayores, por la noche a la cama... y vuelta a empezar al día siguiente. Mientras que la de ellos consistía en: ir a trabajar, cerveza con los amigotes, dormir la siesta, ver el fútbol en el bar, cena puesta en la mesa, ver una peli en el salón mientras ellas acostaban a los niños y luego dormir plácidamente para descansar de todas las actividades que habían realizado durante el día.

Así, la niña al comprender que no quería esa vida cuando fuera mayor, decidió no crecer jamás. Y tan intenso era su deseo de seguir siendo pequeña que, en lugar de ir creciendo con los años, fue menguando hasta ser del tamaño de un mechero.
Sus padres la llevaron a muchos médicos que le hicieron infinidad de pruebas, pero ninguno fue capaz de dar con su mal. A ella no le preocupaba porque, además de que en realidad, estaba sana como una manzana, sabía perfectamente por qué se había hecho tan pequeñita: aunque llegara a ser mujer, ningún hombre podría obligarla nunca a hacer todas esas cosas que la sociedad había asignado a las mujeres. Se había rebelado y había vencido.

Pero la verdad es que tampoco tuvo una juventud fácil. 
Como era tan pequeña, cuando andaba por la calle tenía que ir esquivando los pasos de la gente para no ser aplastada por una pisada. En las tiendas todo el mundo se le colaba porque nadie percibía su presencia. En el instituto, el resto de adolescentes se reían de su tamaño. Pero nada de esto la intimidaba. Era una chica inteligente y fue capaz de encontrar soluciones a todos sus problemas; siempre llevaba encima una mochila con utensilios que la ayudaban en el día a día: un cascabel para que la oyeran por la calle y no la pisaran, una cuerda para poder trepar a los sitios, un megáfono que había construido ella misma para que todo el mundo la escuchara al hablar... 
Gracias a todas estas cosas, consiguió hacerse ver por el resto del mundo y, cuando las personas la veían, tan pequeñita que cabía por cualquier recoveco, empezaron a pedirle cosas que las manazas de la gente normal no podían hacer. Así es como se ganaba la vida.

Durante algunos años fue muy feliz: tenía trabajo, un pequeño apartamento alquilado que se antojaba enorme para su tamaño, muchos amigos para quienes su gran corazón compensaba con creces su pequeña estatura y la facilidad de desaparecer cuando le apetecía para poder hacer lo que quisiera.
Pero sus amigos fueron emparejándose con personas de dimensiones normales y, poco a poco, fue quedándose algo sola. No es que se hubieran olvidado de ella pero ya no tenían tanto tiempo para pasarlo juntos y la probabilidad de que la pequeña mujer encontrara una pareja era proporcional a su tamaño: minúscula.

De todas formas, eso apenas le preocupaba: era consecuente consigo misma y el hecho de hacerse pequeñita había sido resultado de una decisión tomada por ella, precisamente para que ningún hombre pudiera someterla. Así que, si no existía ningún hombre que se adaptara a ella, no le importaba en absoluto. La solución a esa soledad era más fácil: probar actividades nuevas y conocer a otras personas.

Y así fue como conoció a Adrián.
A ella le encantaba la literatura y comenzó a frecuentar talleres de lectura, que la llevaron a conocer locales alternativos en los que la gente llegaba, se tomaba una copa y leía para los demás escritos de otros, propios y, en ocasiones, impropios.
Adrián era poeta y, un día, en uno de esos locales, salió a recitar algunos de sus poemas. Ella lo escuchó con atención mientras lo observaba desde lo alto de un altavoz:

Querías multar a la noche por exceso de velocidad
y quedarte conmigo en la cama
dos o tres infinitos más.

Mientras recitaba, había estado mirando hacia abajo, y eso cuando mantenía los ojos abiertos. Pero, justo al terminar la última frase, levantó la vista y la vio allí, sentada en el altavoz con las piernas entrecruzadas y la cara apoyada sobre sus manos.
En ese momento a ella se le antojó ser la protagonista que parase el tiempo en esa noche para pasarla con él.

La gente aplaudió y él, casi sin dar las gracias, se bajó del escenario y se acercó a ella mirándola fijamente.

- Soy Adrián –dijo sonriendo.
- Yo, Elena –sonrió ella también.

Y le dio un dedo para que ella pudiera darle la mano. Empezaron a hablar pero, pronto, alguien más subió al escenario para leer. Él acercó su boca al cuerpecito de ella y le susurró si quería ir a otro lado.

- ¡Por supuesto! –exclamó ella.
- ¿Quieres que te lleve?
- ¿Dónde?
- En mi bolsillo.

Ella asintió. Adrián la cogió con dos dedos y la puso cuidadosamente en su bolsillo. Salieron de allí y desde entonces no se separaron. Él se enamoró de su historia y ella de sus poemas. Y cuantas más cosas compartían, más cosas le enamoraban al uno de la otra y al revés.

De este modo fue como ella no necesitó más ser pequeñita. Y así, la mujer más pequeña del mundo creció y fue grande para siempre.

-Nindee-
(colaboradora)

Dibujo a lápiz de mujer joven con pelo largo, sonriendo
Imagen by Nindee

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