UN DÍA MÁS
Por fin había llegado la hora de salir del trabajo. Ya era de noche, como cada vez que abandonaba aquella inmensa oficina. No le gustaba aquel horario, pero tenía que cumplirlo dos semanas al mes.
En invierno, el panorama era desolador. Los quinientos metros que la separaban de la parada del autobús se le antojaban kilómetros. Apretaba el paso, sujetaba el bolso contra su pecho y procuraba no mirar a su alrededor.
En invierno, el panorama era desolador. Los quinientos metros que la separaban de la parada del autobús se le antojaban kilómetros. Apretaba el paso, sujetaba el bolso contra su pecho y procuraba no mirar a su alrededor.
Al pasar bajo el puente, como cada noche, oyó un ruido y vio una sombra moverse a sus pies. Se le heló el corazón. “Ya está, llegó el día”, pensó para sí en ese momento; “no hay nadie en la calle… mi madre siempre me decía que no fuera por ahí sola”. Cerró los puños con fuerza y no quiso girarse. Aceleró, mientras los músculos se le tensaban tanto que le quemaban las piernas.
Nada… no era nada. Sólo unas ramas agitadas por el viento.
Sus pulmones exhalaron todo el aire del mundo. “No pasa nada… no pasa nada…”, se repetía a modo de mantra.



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