La princesa en su torre



Siempre tuve la certeza de que nos volveríamos a ver. Y lo que es mejor – o peor –, que hablaríamos. Pero para lo que no estaba preparado era para su mirada.

Nos conocimos casi por la Gracia Divina. No tenía nada que la hiciera una mujer especial pero para mí era única, una princesa. Tenía la mirada que había buscado durante toda mi vida. Unos ojos que expresaban dulzura e inocencia, con un “algo” que no era capaz de determinar. Me entregué a ella como el tesoro que era. Y mi princesa me correspondía con pasión agradecida y sincera. Todas las noches me abrazaba con fuerza para que no me diluyera en sus sueños…

Pero un día se levantó abrazando a la Nada. Nuestras risas, nuestros paseos, nuestros juegos, nuestra vida pasaron a ser ese final triste de canción que nunca muere en el recuerdo. De pronto tuve la sensación de que La princesa en su torre ya no tenía un caballero andante que la rescatara de la monotonía diaria.

Ahora ha pasado más tiempo de lo que el corazón está dispuesto a admitir. Nos tanteamos como los primeros movimientos de una partida de ajedrez. Banalidades que no llevan a nada. El hielo no se rompe hasta que recibe una disculpa. Un arrepentimiento que llega, en mi caso, con un matrimonio y dos hijos tarde. Y en su mirada hay una tortura, una condena que se me hace insoportable. Tengo preguntas para ella que se quedan en mi interior, quizá porque ya no quiero saber. Quizá porque es mejor perdonar.

En sus ojos había “algo” que no supe dilucidar hasta aquel reencuentro: Una tristeza infinita. Y es que la princesa no estaba sola en su torre, vivía con lo que más había querido en el mundo, sus demonios. 

Y, pese a todo el dolor que me hizo pasar, solo tuve un deseo para ella:

Ojalá seas libre algún día. 

Ojalá dejes de ser la princesa en su torre.

la luna llena hace brillar el interior de La Alhambra
Imagen by leyendasdecastillo (Laura Rubio,La Alhambra)



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