LA SANGRÍA ITALIANA
Me recogió en su coche y me llevó a cenar a un restaurante de comida típica española. Uno de ésos que, aunque no terminas de comprender el orden y sentido de la carta, no deja de tener cosas muy ricas.
Le brillaban los ojos. Pidió una cena abundante, donde no faltó el marisco y una jarra de sangría. La mesa se llenó de manjares preparados para ser saboreados con fruición.
Tomamos nuestros respectivos cubiertos y, justo antes de probar el primer bocado, quiso servirme una copa de sangría.
- Lo siento, no bebo - su cara fue un poema; se quedó entre perpejo e incrédulo.
- ¿Cómo? ¿Cómo que no bebes?
- No, soy abstemia.
- Pero… las españolas bebéis mucho. Y la sangría…
- Bueno, yo no.
Se hizo el silencio por unos instantes. Decidió entonces empezar a beberse la jarra de sangría él solito, mientras yo le daba al agua. Se veía visiblemente perturbado; aquello no entraba en sus planes.
Cayó una copa tras otra y, mientras yo me mantenía completamente serena, sus sentidos estaban cada vez más tomados por el alcohol. Pasó de achispado a ebrio en el transcurso de una hora.
Llegada la hora de la verdad, por más que intentó dirigir la noche, no pudo siquiera tratar de seducirme. El etanol hizo su efecto más devastador y lo dejó en los brazos de Morfeo, cual angelito. Seguramente aprendió, aquella noche, que querer emborrachar a las damas nunca es buena idea.
Y el resto… es historia.



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