EL REGALO
El paquete llegó envuelto por un lazo de satén rojo. La dedicatoria de la tarjeta mostraba la delicada caligrafía de la abuela. Comenzaba con un: “Feliz cumpleaños, mi amor”. Imaginarla garabateando aquellas líneas, me arrancó una sonrisa cargada de ternura infantil.
Siempre fui su nieta favorita, la niña de sus ojos. Según sus propias palabras, la criatura más hermosa de este mundo, su princesa; quien merece obtener todo aquello que desee, por el mero hecho de existir. “Creo haber acertado con este regalo”- continuaba la nota- “Tu abuela, tu amiga, tu compañera”.
Abrí la caja con un cuidadoso anhelo, la expectación hormigueando en mis dedos, el aliento contenido. Cada año me regalaba lo que más deseaba poseer, y sabía que este no sería una excepción.
El contenido apareció ante mis ojos extasiados. Con el dedo índice rocé la superficie de mi codiciado presente. Algo aleteó en mi pecho, al percibir que aún estaba caliente.
Sin poder resistirme más, tomé el precioso obsequio entre mis manos, y, maravillada, contemplé como estas tornaban su blancura habitual por un vívido escarlata.
Finalmente, había logrado conseguir el corazón del chico al que tanto había amado. Y juro que casi podía sentir sus últimos latidos, palpitando, cadenciosamente, en mis sentidos.
Gracias, abuelita.



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