YATÁ Y YO EN EL MIRADOR
Habíamos estado chateando durante mucho tiempo. Días, semanas, meses. Años incluso. No de manera continuada, pero sí con cierta frecuencia. Eran muchos los kilómetros que nos separaban.
Coincidimos una vez en la misma ciudad; estaba allí de paso, tenía alguna historia del trabajo entre manos. Quedamos en un punto céntrico, pero no pude llegar a la hora acordada. Al no encontrarlo, me quedé esperando. Le escribí, y hasta una hora más tarde no me dijo que se había marchado. Dejamos de hablar a partir de ese momento.
Mucho tiempo después, retomamos el contacto. No éramos grandes amigos, pero me caía bien, era un tipo interesante. Le comenté que estaría por su zona unos días y, casualmente, iba a pasar por su ciudad. Insistió en verme; yo no lo tenía tan claro. Al final, me convenció, ¿qué daño podría hacerme una cena, después de todo?
Me recogió para ir a cenar. Un lunes por la noche, ya tarde… tuvimos suerte y encontramos un restaurante muy tranquilo. Y tanto, quién iba a seguir en la calle entre semana a esa hora… Al terminar de cenar, me propuso ir a un mirador para observar la ciudad desde lo alto. Yo ya conocía la excusa del mirador, pero la verdad es que siempre me encantó ver las ciudades desde ángulos inalcanzables.
Llegados allí, me comentó lo más importante de su ciudad, y acto seguido empezó a besarme desesperadamente… que no apasionadamente. No diré que no se me había pasado por la cabeza, pero la verdad es que me pillaron por sorpresa las prisas y el ímpetu.
El muchacho me atraía, así que respondí a los besos, seguidos de algunas caricias. Rápidamente, noté cómo se aceleraba… parecía un bólido. Decidí tomar la iniciativa entonces, bajé la mano derecha por su pecho hasta llegar a la cinturilla de sus vaqueros… introduje los dedos por dentro de su ropa, buscando su piel.
Emitió un sonido. Una especie de jadeo, o gruñido.
Sentí entonces que mis dedos se mojaban.
Aquello estaba caliente y viscoso.
Ni siquiera le había abierto el pantalón.
No
hice
nada.
N A D A.
No me dio tiempo.
Más allá del típico “esto no me había pasado nunca”, sólo esbozó una sonrisa nerviosa y me dijo que lo había pasado muy bien, me dio las gracias y me llevó de vuelta.
Me quedé en la calle, con cara de interrogación, preguntándome si aquello había sido real. Fue entonces cuando se ganó el apodo.
Y el resto… es historia.
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| Imagen by Clínica Margen |



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