CHIQUI (CUENTO INFANTIL)



Chiqui. ¿Quién no conoce a alguna persona o animal que le llamen así? Además, es una palabra que no tiene género, por lo que podéis conocer o tener a un hermano, a una amiga, a un perro...

Pero no, no se trata de una persona. La historia que aquí os relato, cuenta con un animal como protagonista, pero no de cuatro patas.

Sara se despertó como cualquier otro fin de semana de verano, sin desasosiego alguno. Y es que al no tener que ir al colegio por las mañanas, su mayor preocupación era ver su serie favorita de dibujos por la tele, o quedar con sus amigos para ir a la piscina del barrio. En esta ocasión, era uno de esos días en los que se despertaba sin ganas de nada y a pesar de ser las 12, aún le apetecía seguir durmiendo. Pero ese sábado iba a ser algo diferente al resto de sábados. Apenas había abierto la boca para bostezar cuando escuchó un pequeño piar.

- Ya se ha vuelto a posar un pájaro en la ventana – dijo para sí, Sara, que a pesar de que le encantaban los animales, las aves precisamente no eran su devoción.

Se levantó de la cama descalza, se dirigió hacia la ventana para abrirla y subir con rapidez la persiana. Sabía que si lo hacía con ligereza, el animal se asustaría y se marcharía de allí a piar a otra parte. De pronto, y como ella esperaba, el pájaro se calló.

- Eah, ya se ha ido. Con lo a gusto que estaba en la cama...

Se quedó mirando hacia el exterior, buscando posible vuelo del animal, y pudo percatarse de que era un día raro. Hacía bochorno pero estaba cayendo una ligera llovizna, por lo que de seguro no iba a quedar con sus amigos para bañarse en la piscina. De repente, se dio cuenta de que en la parte superior derecha de la reja de su ventana, había algo. Algo parecido a una bolita pequeña de... ¿plumas? Era un pájaro chiquitín, y aunque desconocía su plumaje, parecía un gorrión.

Era tan diminuto y se veía tan débil, que incluso las minúsculas gotas de lluvia, hacían tambalearle.

- ¡Pero si estás aquí! - dijo Sara, con asombro.

Miró hacia los lados buscando a sus posibles padres. Era tan pequeño que debían estar cerca de él, pero no logró divisar a ninguna otra ave. Viéndolo con tanta vulnerabilidad, la niña, a pesar de no caerle bien de primeras, se dirigió hacia el pajarillo con la intención de cogerlo y llevarlo hacia dentro de su habitación para así protegerlo de, quizás, una mala caída. Pero cuál fue su sorpresa que antes de que pudiera agarrarlo, el gorrioncillo ya se había posado en su cabeza.

Tras esa rápida e imprevista estampa, a Sara se le esbozó una sonrisa a la par que le decía las siguientes palabras:

- Vámonos dentro, Chiqui.

Chiqui. Sin pensarlo ya le había dado nombre, como salido automáticamente de entre sus labios.

Sara intentó cogerlo con sus manos sin hacerle daño, pero el escurridizo pájaro parecía insistir por colocarse una y otra vez bien en el cabello de la niña, como acurrucándose en su melena. Al fin pudo prenderlo y lo dispuso dentro de la casa de muñecas. Le cerró la puertecita cual habitante del hogar de juguete, asegurándose así de que no escapara, y fue directa a la cocina para coger trocitos de pan, no sin antes pedir permiso a sus padres para poder quedarse con el animal.

- Supongo que comerá pan, yo he visto a los patos del parque comer esto.

Y sí, claro que lo comía, pero no por sí solo. Era una cría sin apenas plumaje, y en su pico portaba boquerillas a ambos lados. El pequeño gorrión necesitaba aún que le ayudasen a comer introduciéndole el pan en el pico.
Fue justo en ese momento cuando Sara se percató de que quería cuidarlo siempre, de que haría todo lo posible por que estuviese bien. Pero era un ser libre, sabía que no podría retenerlo eternamente. Ése no era su habitat. Decidió quedarse con él sólo hasta que le saliesen todas las plumas y se valiese por sí mismo.

Y así transcurrieron los días, cada dos horas dándole de comer y de beber, y siempre en compañía el uno del otro. A Chiqui parecía encantarle colocarse entre los pelos de Sara, a modo de nido, mientras ella jugaba, escribía o incluso cuando se recostaba en su cama leyendo un libro.

Eran inseparables.

El pajarillo iba creciendo y con él sus plumas se hacían cada vez más grandes y más robustas. Su cuerpo ya estaba más vestido. Se acercaba la triste despedida.

Hasta que, un día, el gorrión decidió irse. Se fue sin avisar, sin previo aviso. Había aprovechado un descuido de alguien que dejó la ventana abierta y salió sin más.

No volvió, aquel día desapareció y no regresó a casa por más que lo llamase. Desconsolada, Sara se dijo así misma que era lo mejor que podía pasarle ahora que estaba bien, pero en el fondo se sentía dolida por esa separación.

No dejaba de llorar hasta que al día siguiente, un piar se acercó de nuevo a su ventana. Era Chiqui, reapareció dando saltos entre las rejas buscando alimento seguro y compañía. Pero no estaba solo, llegaba con otros gorriones pidiendo comida.

Pasaron los años, en un sinfín de idas y venidas a aquella ventana, a su casa, donde al pajarillo no se le forzaba a estar enjaulado. Volvía porque sabía que allí tendría un lugar infalible para comer y recibir todo el cariño que un ser humano puede dar a un animal.

Sara comprendió algo muy importante en la vida que no sólo se reflejaba en los animales:

Marchará si eso es lo que anhela. Si no vuelve, ése era su destino, pero si regresa es libre para hacerlo, sin imposiciones, y no habrá amor más sincero. No podemos obligar a nada ni a nadie a que estén con nosotros o nos quieran.


FIN

Imagen by Emily Roberts

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