COVID(A)
Érase que se era un tiempo en el que la gente podía salir a la calle sin pensar demasiado, quedar con varias personas a la vez sin preocupaciones, y hasta tocarse sin sospechas o reservas.
En aquella época, se podía incluso ir a la playa en domingo sin miedo a que se llenase el aforo. Aforo en la naturaleza… no se tenía tan en cuenta cuando en las orillas bailaban el plástico y las colillas.
En aquella época, se podía incluso ir a la playa en domingo sin miedo a que se llenase el aforo. Aforo en la naturaleza… no se tenía tan en cuenta cuando en las orillas bailaban el plástico y las colillas.
Hubo un tiempo en que se podía ir al cine y a cenar y tocar las mesas y las sillas y regalar besos. Un tiempo en el que se agarraban las manos ajenas y se desataban las pasiones en las esquinas.
Después de meses de cuidados de cuerpo y alma, donde perdimos todo —trabajo, dinero, salud, libertad—, pero ganamos tiempo y paz… hemos agarrado la costumbre —que no la vida— con tanta ansiedad y tan poca delicadeza… que damos la impresión de no haber aprendido nada.
Las prisas nos pueden. El convencimiento de merecer todo nos puede. Nuestro mundo interior muerto… nos puede.
Quizás llegue un día en que nos miremos al espejo y nos digamos «menudo viaje». Mientras tanto, continuaremos siendo espectros de nuestra propia existencia.
¿Y si paramos un momento para sentir nuestra propia piel?
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| Imagen en Cuerpomente |

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