PANDEMIA
El miedo se había extendido, transformándose en histeria colectiva. La gente empezó a asustarse; muchos ya evitaban tocar a los demás. Parejas que empezaban a dormir separadas, desconocidos que se miraban con desconfianza —siempre era el otro el sospechoso de contagio, no uno mismo—. Ella, se mantenía en calma.
Se había pronunciado la palabra mágica: P A N D E M I A.
Probablemente, la mayoría no sabía el significado del dichoso término, pero sonaba feo: recordaba a películas americanas con muchos muertos.
El supermercado estaba a rebosar, las colas eran infinitas. Quedaba claro que todas aquellas personas estaban decididas a alimentarse de pasta y protegerse con papel higiénico de cualquier virus.
No importaba que la gripe «de toda la vida» fuese más letal que ese bicho nuevo. Tampoco importaba que hubiese niños muriendo de hambre. El colectivo, una vez más, se transformó en individuo egoísta.
Pensó que, tal vez, la gente empezaría a tomar conciencia y a plantearse la vida de otra manera, a cuidar más de los demás y del medio ambiente. Pero entonces, justo entonces, vio aparecer, a cámara lenta, a esa señora mayor... chupándose los dedos para separar las bolsas que todos debían usar para meter el pan. Y confirmó que la extinción del ser humano era más que merecida.
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| Imagen by The CT Mirror |

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