ESPEJO
Solo quedó una imagen.
Perdido el corazón en el tiempo, solo quedó eso.
Todos los días se pasaba horas estudiando su rostro en el espejo, escudriñando cada centímetro de su cara esperando comprender cuándo ocurrió. A veces se sorprendía sonriendo, pues encontraba el recuerdo de alguna batalla digna de memoria. Algo que el transcurso del día iría enterrando como la arena o el hielo entierra a sus muertos.
Aquel espejo siempre le ofrecía consuelo, su mejor imagen; cada vez pasaba más tiempo con él. En ocasiones jugaba con él, interpretaba personajes, ensayaba expresiones; incluso, llegaba a prepararse tazas de café para dialogar con él. Pero el café, y la conversación, llegaban al punto más frío cuando llegaban al mismo punto. ¿Qué pasó?
Como dos amantes heridos en lo más hondo, él se marchaba a ver con qué basura nueva lo deleitaban en la tele y el espejo se quedaba allí, solo, en la oscuridad de la estancia.
No había paz o reconciliación, al día siguiente todo volvía a empezar como si nada hubiese ocurrido. Él feliz porque estaba de nuevo frente al espejo y este iluminado por las luces de la habitación también parecía estarlo.
Siempre amanecía con la ilusión pueril de quien tiene mucho que vivir.
Siempre atardecía con la desilusión adulta de quien ya no tiene nada por lo que vivir.
Fue en una de esas tardes cuando ocurrió.
No hubo risas ni enfados, tampoco café.
Los dos combatientes frente a frente, en busca de la verdad. Y allí estaba. Como siempre había estado. Delante.
Mientras él veía su mejor imagen no se daba cuenta de que estaba solo.
Mientras el espejo se afanaba por darle su mejor imagen albergaba en su interior el deseo de sentir como él.
Aunque solo fuese soledad.
¿Quién sabe cuándo nos convertimos en imágenes carentes de sentimientos?
En realidad daba igual.
Mañana comenzaría el día como si nada hubiese ocurrido.
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