ORUGAS

[...]

Todo el descansillo del primer piso inferior resultaba invisible bajo el enjambre de orugas que allí se arrastraban. Las puertas plegables de la sala de estar que daba al dormitorio donde las había visto la noche anterior estaban cerradas, pero cruzaban por entre las grietas y se dejaban caer de una en una por el agujero de la cerradura, alargándose hasta convertirse en cuerdecillas al pasar, y volviendo a recuperar su tamaño al salir. Algunas, como si estuvieran explorando, rozaban los escalones que daban al pasillo en cuyo extremo estaban las habitaciones de Inglis, y otras se arrastraban por los escalones inferiores que llevaban hasta donde yo me encontraba. Pero el descansillo estaba totalmente cubierto por ellas: tenía cortadas las salidas.

No puedo expresar con palabras el horror helado que se apoderó de mí cuando vi aquello.

Finalmente se inició un movimiento general y fueron espesándose en los escalones que llevaban al dormitorio de Inglis. Gradualmente, como una especie de horrenda marea de carne, avanzaron por el pasillo y vi que llegaban a su puerta las primeras, visibles gracias a la luminosidad gris clara que ellas mismas emitían. Una y otra vez traté de gritar y advertirle, aterrado siempre por la posibilidad de que pudieran darse la vuelta al oír mi voz y subir por mi escalera, pero pese a mis esfuerzos comprendí que ningún sonido salía de mi garganta. Se arrastraron por entre las aberturas de los goznes de su puerta, pasaron como lo habían hecho antes y yo me quedé clavado allí, haciendo esfuerzos impotentes por gritarle, por decirle que se escapara mientras tuviera tiempo.

El pasillo acabó por quedarse totalmente vacío: habían desaparecido todas y en ese momento tuve conciencia por primera vez del frío del piso de mármol sobre el que me hallaba descalzo. Por el este empezaba a despuntar el alba. Seis meses después me encontré con la señora Stanley en una casa de campo de Inglaterra. Hablamos de muchos temas y finalmente dijo:

—Creo que no le he visto desde que tuve las malas noticias sobre Arthur Inglis, hace ya un mes.

—No sé nada de ellas —respondí yo.

—¿No? Tiene cáncer. Ni siquiera aconsejan una operación, pues no hay esperanza de curación: dicen los doctores que está invadido.

Durante esos seis meses no creo que hubiera pasado un solo día en el que no hubiera recordado los sueños (o como prefiera llamarlos el lector) que tuve en Villa Cascana.

—Es horrible, ¿no le parece? —prosiguió ella—. Y siento que no puedo evitar la idea de que él pudo...

—¿Enfermar en la villa? —pregunté yo.

Ella me miró con cara de sorpresa.

—¿Por qué ha dicho eso? —preguntó—. ¿Cómo sabía usted...?

Entonces me lo contó.

Un año antes, en el dormitorio libre había habido un caso fatal de cáncer. Evidentemente, ella había buscado los mejores consejos, y le habían dicho que debía seguir los dictados de la máxima prudencia y que nadie debía dormir en la habitación, que ésta había sido totalmente desinfectada y recientemente encalada y pintada. Pero...


*   Autor: E.F. Benson.
** Título original: Caterpillars.
***Extracto del relato, publicado en la Antología titulada: "Habitación en la torre y otros relatos" (1912)


Oruga gigante
Imagen by elespejogótico

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