LA ILUSIÓN
A veces me pregunto
si la magia de Los Reyes Magos,
es la misma que dominan
con maestría
los prestidigitadores.
Esos ilusionistas capaces
de jugar con nuestros sentidos
y hacernos creer como verdad
la ilusión que inventan para nosotros.
A la Noche de Reyes le precede
casi un mes de espera
pensando en ese regalo que deseamos
y se escribe en una titubeante carta.
Quizá más de un mes
de alegría contenida, imaginando
la felicidad de aquellos a quienes amamos,
y que es nuestra felicidad también.
Posiblemente casi un año
inundándonos, al fin y al cabo,
de ilusión.
Después llegan los regalos:
Otra vez calcetines,
esta colonia no me gusta,
yo no quería este libro,
se olvidaron mi videoconsola.
La ilusión voló en pedazos
y el dolor es sordo, hueco, mudo.
¿Estuvieron jugando con mi ilusión?
La respuesta quizá
este dentro de nosotros mismos.
Porque somos nosotros,
no un mago o un ilusionista,
quienes alimentamos esa ilusión.
Quienes soñamos con las caras
de felicidad y la sensación de
llenar las esperanzas del otro.
Quienes acariciamos las risas
y besamos la sorpresa.
Solo nosotros regamos ese deseo
de llenar el corazón de aquellos
que nos importan.
Y eso será siempre una utopía.
Un fin ideal y dichoso
de improbable ejecución,
pero mágico y vital.
Porque el esfuerzo,
la lucha,
el trabajo,
el desprendimiento
que dejaremos en lograr ese utópico
momento de felicidad plena
pensando en los demás,
es de una belleza infinita.
Y está en nuestra mano que
esa ilusión no sea ilusoria.
Porque los Reyes Magos existen,
igual que Houdini y Tamaríz.
si la magia de Los Reyes Magos,
es la misma que dominan
con maestría
los prestidigitadores.
Esos ilusionistas capaces
de jugar con nuestros sentidos
y hacernos creer como verdad
la ilusión que inventan para nosotros.
A la Noche de Reyes le precede
casi un mes de espera
pensando en ese regalo que deseamos
y se escribe en una titubeante carta.
Quizá más de un mes
de alegría contenida, imaginando
la felicidad de aquellos a quienes amamos,
y que es nuestra felicidad también.
Posiblemente casi un año
inundándonos, al fin y al cabo,
de ilusión.
Después llegan los regalos:
Otra vez calcetines,
esta colonia no me gusta,
yo no quería este libro,
se olvidaron mi videoconsola.
La ilusión voló en pedazos
y el dolor es sordo, hueco, mudo.
¿Estuvieron jugando con mi ilusión?
La respuesta quizá
este dentro de nosotros mismos.
Porque somos nosotros,
no un mago o un ilusionista,
quienes alimentamos esa ilusión.
Quienes soñamos con las caras
de felicidad y la sensación de
llenar las esperanzas del otro.
Quienes acariciamos las risas
y besamos la sorpresa.
Solo nosotros regamos ese deseo
de llenar el corazón de aquellos
que nos importan.
Y eso será siempre una utopía.
Un fin ideal y dichoso
de improbable ejecución,
pero mágico y vital.
Porque el esfuerzo,
la lucha,
el trabajo,
el desprendimiento
que dejaremos en lograr ese utópico
momento de felicidad plena
pensando en los demás,
es de una belleza infinita.
Y está en nuestra mano que
esa ilusión no sea ilusoria.
Porque los Reyes Magos existen,
igual que Houdini y Tamaríz.
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