El sillón
Me gustaba llegar y entrar corriendo al salón; sabía que lo encontraría leyendo el periódico junto a la ventana y esperaba impaciente recibir su dulce regalo: una bolita de anís.
Aquel era su sillón, igual que el de tantos que he conocido, cada uno tenía su lugar, junto a la ventana, junto a la terraza... siempre en la zona más soleada de la casa.
He ido dejando tantos sillones por el camino, tantos sillones vacíos... cuando un ser querido se va, no se va del todo, siempre hay un sillón que esa persona ocupó, ese lugar que te recibe cuando llegas y parece estar saludándote como si aún estuvieran allí.
Ese sillón al que miras y pareces verlos en ellos y en el que no te quieres sentar porque sientes que les estás arrebatando su sitio.
Cada uno de estos sillones tiene una historia, un recuerdo, un cariño especial, porque perteneció a alguien que para ti fue especial y queremos que permanezcan ahí, inalterables, haciéndonos compañía.
Un sillón puede parecer un simple objeto, algo inmóvil, sin vida, vacío... pero en su interior guarda mil historias, la historia de la persona que lo ocupó.
Quiero pensar que yo también tendré mi sillón algún día y que cuando falte, habrá alguien que lo mire y le recuerde a mí.
Cuando vuelves a entrar en una habitación después de que el sillón se quede vacío, sientes una sensación extraña, una mezcla entre tristeza, anhelo y esperanza...
Miraba el sillón y aunque no podía verte, sabía que estabas allí acompañándonos y que pronto sacarías algo dulce para darle a mis hijas...
*A todos los que os fuisteis demasiado pronto de mi vida, dejando vuestros sillones vacíos...
-Artillera-
(Colaboradora)

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