DESPUÉS
Mary sintió un encogimiento físico ante la siguiente pregunta que trató de formular: era como si las palabras tuviesen en sus labios un gusto que le producía náuseas.
―Pero entonces, ¿acusa usted a mi marido de haber hecho algo deshonroso?
El señor Parvis meditó la pregunta desapasionadamente.
―¡Ah, no; yo no he dicho eso? Ni siquiera he dicho que no fuese correcto
Miró de arriba abajo las filas de libros, como si alguno de ellos pudiese proporcionarle la definición que buscaba―. No digo que no fuera correcto, aunque tampoco que lo fuera. Era una cuestión de negocios ―en realidad, ninguna definición podía ser más esquemática que ésta.
Mary se quedó mirandolo con expresión de terror. Le parecía el emisario indiferente de algún poder maligno.
―Pero parece que los abogados del señor Elwell no lo consideraron como usted, ya que supongo que la demanda fue retirada por consejo de ellos.
―¡Ah, sí!; ellos sabían que técnicamente no tenía ninguna posibilidad. Cuando le aconsejaron que retirase la demanda, él se sintió desesperado. Verá, había pedido prestada la mayor parte del dinero que perdió en la Blue Star, y se encontraba entre la espada y la pared. Fue por eso por lo que se pegó un tiro, cuando le dijeron que no tenía ninguna posibilidad.
El horror invadió a Mary a grandes oleadas ensordecedoras.
―¿Se pegó un tiro? ¿Se mató por eso?
―Bueno, no se mató exactamente. Siguió viviendo de mala manera un par de meses, hasta que murió.
Parvis refirió el hecho con la misma falta de emoción que el gramófono arañando un disco.
―¿Quiere decir que intentó suicidarse y no pudo? ¿Y que lo intentó otra vez?
―No, no tuvo necesidad de intentarlo otra vez ―dijo Parvis, espantosamente.
Se quedaron en silencio, sentados el uno frente al otro, él balanceando sus lentes pensativamente en torno a su dedo; y ella, inmóvil, con los brazos extendidos hasta las rodillas, en una actitud de rígida tensión.
―Pero si sabía usted todo esto ―empezó Mary finalmente, incapaz de levantar la voz por encima del susurro―, ¿cómo es que cuando le escribí en las fechas de la desaparición de mi marido dijo que no entendía la carta que él estaba escribiendo?
Parvis encajó la pregunta sin el menor embarazo.
―Bueno, no la entendía... estrictamente hablando. Y aunque la hubiese entendido, no era el momento de hablar de eso. El asunto de Elwell quedó resuelto cuando se retiró la demanda. Nada de lo que hubiese podido decir habría ayudado a encontrar a su marido.
Mary seguía escrutándolo.
―Entonces, ¿por qué me lo dice ahora?
Tampoco vaciló Parvis.
―Bueno, para empezar, suponía que usted sabía más de lo que aparentaba... Me refiero a las circunstancias de la muerte de Elwell. Por otro lado, la gente empieza a hablar ahora; ha vuelto a salir el asunto a la luz. Y he considerado que si no estaba usted al tanto, debía estarlo.
Mary siguió callada, y él prosiguió:
―Mire; recientemente se ha averiguado lo mal que se encontraban los negocios de Elwell. Su esposa es una mujer con orgullo, y ha luchado todo lo que ha podido, saliendo a trabajar y cosiendo en casa, hasta que ha caído enferma... del corazón creo. Pero tenía a su cargo a la madre de él, además de los hijos. Y se desmoronó; al final se vio obligada a pedir ayuda. Eso ha llamado la atención sobre el caso; los periódicos lo han aireado, y han iniciado una suscripción. Todo el mundo quería a Bob Elwell; la mayoría de los nombres más prominentes del lugar se encuentran en esa lista, y la gente empieza a preguntarse por qué...
Parvis se interrumpió para hurgarse en el bolsillo interior:
―Aquí ―prosiguió―; aquí tengo una información de todo el asunto, aparecida en el Sentinel... Un poco sensacionalista, por supuesto; pero creo que es mejor que le eche usted una ojeada.
Le tendió el periódico, y Mary lo desplegó despacio, recordando, al hacerlo, la noche en que, en esta misma habitación, la lectura de un recorte del Sentinel había sacudido por primera vez los cimientos de su seguridad. Al abrir el periódico sus ojos,rehuyendo los deslumbrantes titulares: «La viuda de la víctima de Boyne obligada a suplicar ayuda», descendieron por la columna hasta los retratos insertos en el texto. El primero era el de su marido, sacado de una fotografía hecha el año en que se habían venido a Inglaterra. Era la foto de Edward que a ella más le gustaba, la que tenía en el escritorio de su propia habitación. Al encontrarse los ojos de la fotografía con los suyos, sintió que le iba a ser imposible leer lo que se decía de él, y cerró los párpados con la fuerza del dolor.
―Pensé que si estuviera usted dispuesta a suscribir... ―oyó que seguía diciendo Parvis.
Abrió los ojos con esfuerzo, y cayeron sobre el otro retrato. Era el de un joven delgado, con el semblante semioculto por la sombra que proyectaba el ala del sombrero. ¿Dónde había visto ella esta cara anteriormente? Siguió mirándolo, confundida, con el pulso latiéndole en los oídos. Entonces dio un grito.
―¡Es el hombre... el hombre que se llevó a mi marido!
Oyó a Parvis ponerse de pie, y tuvo conciencia confusamente, de que su propio cuerpo se había derrumbado hacia una esquina del sofá, y que él se inclinaba sobre ella alarmado. Mary se sobrepuso y recogió el periódico que había dejado caer.
―¡Es el hombre! ¿Lo habría reconocido en cualquier parte! ―insistió con una voz que sonó en sus propios oídos como un grito.
La respuesta de Parvis le pareció llegar de muy lejos, desde infinitas volutas de espesa niebla.
―Señora Boyne, no se encuentra bien. ¿Llamo a alguien? ¿Le traigo un vaso de agua?
―¡No, no, no! ―se abalanzó sobre él, empuñando frenéticamente el periódico―. ¡Le digo que es el hombre! ¡Le conozco! ¡Habló conmigo en el jardín!
Parvis le cogió el periódico y enfocó sus lentes hacia el retrato.
―No puede ser, señora Boyne. Es Robert Elwell.
―¿Robert Elwell? ―su mirada vacía pareció desplazarse en el espacio―. Entonces fue Robert Elwell el que vino a por él.
―¿Qué se llevó a Boyne? ¿El día que Boyne se fue de aquí? ―la voz de Parvis se apagó, al tiempo que se elevó la de ella. Se inclinó y posó una mano fraternal sobre la de Mary, como para apaciguarla―. ¡Pero si Elwell había muerto! ¿No se acuerda?
Mary siguió con los ojos fijos en el retrato, sin enterarse de lo que le decían.
―¿No recuerda la carta que Boyne dejó inacabada... la que encontró usted en su escritorio ese día? La estuvo escribiendo justo después de enterarse de la muerte de Elwell ―ella notó una extraña inflexión en la voz neutra de Parvis―. ¡Sin duda lo recuerda! ―le apremió.
Sí, lo recordaba; eso era lo más espantoso de todo. Elwell había muerto el día antes de la desapación de su marido; y éste era el retrato de Elwell; el del hombre que había hablado con ella en el jardín. Alzó la cabeza y miró lentamente la biblioteca. La biblioteca podía haber atestiguado que era también el retrato del hombre que había entrado aquel día a arrancar a Boyne de su carta inacabada. A través de las brumosas agitaciones de su cerebro, oyó el débil bordoneo de frases semiolvidadas... de frases pronunciadas por Alida Stair en el prado de Pangbourne, antes de que Boyne y ella hubiesen visto la casa de Lyng ni pensasen que un día vivirían en ella.
―Éste fue el hombre que habló conmigo ―replicó.
Miró otra vez a Parvis. Él trataba de ocultar su turbación bajo lo que probablemente imaginaba que era una expresión de indulgente conmiseración; pero las comisuras de sus labios estaban azules. «Me cree loca, pero no lo estoy», reflexionó...
Publicado en la edición de 1910 de la Century Magazine, y recogido ese mismo año en la colección de relatos de fantasmas: Cuentos de hombres y fantasmas (Tales of men and ghosts).
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| Imagen by El espejo gótico |

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